D.O. Calatayud. La viña inclinada de Aragón

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Sobrecogidos por un paisaje tan rústico como bello, Calatayud nos brinda la posibilidad de conocer el verdadero espíritu de supervivencia de la vid. La altura del terreno, su naturaleza y las exigencias climáticas no hacen fácil un cultivo que se encuentra en la zona desde hace algunos miles de años. Sin embargo este rigor del medio es lo que la hace grande y la viste de una personalidad única y bien diferenciada del resto.

Texto y fotos: Antonio Candelas

En pleno Sistema Ibérico nos encontramos en una zona de gran interés geográfico. El río Jalón, afluente del Ebro, es el encargado de partir esta cadena montañosa en dos sectores. En el más septentrional aparecen los picos de mayor altura, pertenecientes a la sierra de la Demanda y al Moncayo. En el sector que se dirige hacia el Mediterráneo aparecen terrenos calizos y de areniscas sobre los que el paso del tiempo ha dibujado caprichosos paisajes. El río Jiloca en su camino hacia el Jalón y otros de menor entidad crean un entramado hidrográfico de gran complejidad con una increíble riqueza de suelos y desniveles. En ese punto de unión entre ambos ríos, donde el valle se marca más en el paisaje, se ubica Calatayud y es aquí donde comienza nuestro viaje vitícola.

Geográficamente, esta Denominación de Origen se asemeja mucho a una rueda de bicicleta. La población bilbilitana es el centro y de ella nacen diversas sierras en sentido radial. Los valles creados por los ríos han sido históricamente terrenos fértiles donde se han cultivado frutales, uno de los motores económicos de la comarca. La vid se ha quedado reservada para zonas de laderas en distintas alturas y naturalezas de suelos. En la sede del C.R.D.O. Calatayud, un antiguo silo restaurado y acondicionado, Javier Lázaro, secretario de esta D.O. conformada hoy por 16 bodegas, nos describe su situación actual. La disminución del viñedo provocada por el abandono de los núcleos rurales y las políticas de arranque han dejado a la comarca con algo más de 3.000 hectáreas de viñedo diseminado por toda la región cuando unas décadas atrás las plantaciones llegaban a las 40.000 hectáreas. Además, han ido proliferando otros cultivos alternativos mejor reconocidos económicamente en el mercado. Es el caso del cerezo y del almendro, que han ido conquistando el terreno a un viñedo que en su tiempo lució imponente. Un punto positivo de esta situación aparentemente desoladora es que un alto porcentaje de las viñas que permanecen superan los 35 años de edad. Esta es la antigüedad mínima exigida por el pliego de condiciones del Consejo Regulador para determinar una viña como vieja. Son viñas que en su afán de supervivencia van explorando los horizontes geológicos con sus raíces para ir sacando el alimento que les asegure una cosecha más de vida. A pesar de todo, Javier se muestra optimista y considera que se ha tocado fondo en cuanto a la desaparición de hectáreas de viñedo. Es más, hoy en el recorrido por la zona se pueden ver viñas jóvenes que incluso aún no están en producción. Pero claro, ¿cuánto va a tener que llover hasta que lleguen a tener la raza de las que llevan años lidiando con todo tipo de inclemencias?

Publicación: Mi Vino – Noviembre 2016

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